Los que vivimos en Venezuela y hemos seguido con preocupación las noticias tras el terremoto que nos sacudió hace unos días, presenciamos un momento que retrata a la perfección el choque entre dos mundos: el de la propaganda burocrática y el de la genuina cooperación humana.
Ocurrió durante las labores de rescate cuando Héctor «El Chino» Méndez, el icónico líder de los rescatistas mexicanos conocidos como «Los Topos Azteca» de 80 años de edad, protagonizó un tenso momento con una reportera de un medio oficialista. La periodista pretendía pautar sus declaraciones, exigiendo que diera las gracias frente a las cámaras a la Presidente Interina. La respuesta del afamado rescatista, fue firme y cargada de la vehemencia de quien arriesga su vida sin pedir nada a cambio: “Tengo 80 años y tú no me vas a venir a decir qué decir. No eres jefa de nadie. Yo no soy político, soy rescatista, soy voluntario. Soy sociedad civil”.
Acá es cuando podemos comprobar que la solidaridad real no requiere de ministerios, ni de partidas presupuestarias aprobadas en Gaceta Oficial, ni de líneas editoriales de televisión. Este choque no es una simple anécdota de televisión, es una lección de economía y filosofía liberal en tiempo real.
La brigada de los Topos nació precisamente de la ausencia del Estado mexicano. Surgió de forma espontánea entre los ciudadanos tras el devastador terremoto de Ciudad de México en 1985, ante la total inoperancia del Gobierno de la época. Desde entonces, bajo un esquema estrictamente voluntario, este grupo ha sumado más de 70 misiones internacionales en aproximadamente 40 países.
Y lo más fascinante para el análisis social es que no reciben un solo centavo de ningún gobierno. Se financian con sus propios recursos, colectas privadas y donaciones de amigos. Son el vivo ejemplo del orden espontáneo en la sociedad humana, cuando la ciudadanía se coordina y actúa eficazmente sin que ninguna mente planificadora o burócrata intervenga.
Esta espontaneidad de la acción humana es el núcleo de la praxeología que desarrolló la Escuela Austriaca de Economía. La cual se hace presente de manera constante y mucho más visible cuando la urgencia por salvar una vida supera cualquier manual estatal.
Esta maravillosa capacidad de respuesta civil no es exclusiva de los mexicanos. En el panorama global existen otros conmovedores casos que operan bajo esta misma lógica de descentralización y libertad, así tenemos como algunos de estos denodados ejemplos a los Cascos Blancos de Siria y la United Hatzalah de Israel, entre muchos otros que nos dejan sin palabras y asombrados de admiración.
Siempre que nos enfrentamos a una catástrofe, el primer reflejo condicionado que nos han inoculado políticamente es pensar que allí debería estar el Estado dando solución. Olvidamos que esa entidad llamada «Estado» no es un ente abstracto e infalible, son personas de carne y hueso que cometen errores monumentales, especialmente cuando la rigidez de los incentivos políticos y la falta de preparación técnica asfixian la acción.
El Estado se organiza en un enorme, lento y sumamente costoso aparato burocrático cuyo fin principal, muchas veces, termina siendo justificarse a sí mismo. Si comparamos el impacto de las acciones autónomas de los Topos Aztecas de México con el servicio de Protección Civil en Venezuela, nos toca preguntarnos: ¿a cuántos países han ido nuestros funcionarios de forma expedita y sin trabas políticas?
Y que quede muy claro: esto no es una crítica a los hombres y mujeres que integran nuestros cuerpos de socorro, cuya valentía y sacrificio son incuestionables. La crítica es al sistema; a la forma centralizada, politizada y dependiente en que ha sido concebido. Mientras el rescatista estatal depende de una orden superior, un presupuesto aprobado y el permiso de un ministerio para moverse, el voluntario solo necesita un boleto y la convicción de ayudar.
En un artículo anterior hablábamos de la importancia de la prosperidad económica ante los desastres naturales. Con una sociedad civil próspera y realmente empoderada, tendríamos miles de rescatistas voluntarios bien capacitados y listos para atender emergencias, pero cuando son millones de personas los que se encuentran en la base de la pirámide de necesidades de Maslow, sin cubrir sus requerimientos más básicos, la solidaridad y las ganas de organizarse para mitigar los impactos de los desastres naturales se vuelve más difícil.
No obstante, con todas las limitaciones económicas impuestas por la sistemática crisis económica y social que padecemos, la respuesta de la sociedad civil venezolana no se hizo esperar, miles se volcaron a donar alimentos, ropa, medicinas y demás insumos a los centros de acopio, y otros se sumaron como voluntarios en las labores de rescate, lo cual reafirma una vez más que la acción humana se hace presente cuando se requiere. No hace falta un Estado lento y burocrático que resuelva los problemas. A veces, más bien es el Estado el que tiene que dejar de actuar para que espontáneamente surja la respuesta ciudadana.
Sabemos que la riqueza y la infraestructura no se construyen de la noche a la mañana, pero el cambio de mentalidad sí puede empezar hoy. Y de eso seguiremos hablando en las próximas semanas.
Podemos aprender muchísimo de los Topos Aztecas y de la resiliencia de la sociedad civil global con otras iniciativas de este tipo. El verdadero camino hacia una Venezuela próspera y segura no pasa por agigantar el Estado para que nos cuide, sino por liberar las fuerzas de la acción humana para que, tanto en la abundancia como en la tragedia, la libertad y la solidaridad sean nuestra primera línea de defensa.
Luis López
Director
Sociedad Bastiat de Venezuela
